El pasado 1 de Abril de este 2015, mi avión destino Delhi salía del aeropuerto del Prat de Barcelona, poco antes del mediodía.

Dharamsala

Me esperaban 40 días lejos de mi familia y de mi amado Ashram de Caldes de Montbui, 40 días en un lugar nuevo para mí, donde nadie me conocía. Sabía que era una oportunidad única, pero me iba sola, hacía 13 años que no había viajado sola y me sentía un poco asustada, a la vez que expectante.

Me iba repitiendo mentalmente: podrás descansar, empaparte de vivencias, experiencias, colores, sabores, sin presión ni exigencias, sin juicios, sólo ser el que observa.

El viaje se hizo corto, al llegar a Delhi me esperaba un guía de habla española, que me llevaría a conocer la ciudad los siguientes días. Me recibió con un collar de flores, de claveles naranjas y blancos. ¡Que maravillosa bienvenida!

Los contrastes tan intensos que nos regala la ciudad de Delhi me hicieron sentir que algo profundo se rompía en mi interior.

Pero entonces elegí simplemente aceptar, vivir y agradecer, fundirme con lo que me rodeaba, sentirme parte de ello aunque fuera por unos instantes, de todo aquello que hacía una eternidad que se estaba creando para que yo pudiera vivir aquel preciso instante y descubrir toda la belleza que se encontraba secretamente escondida.

Una de las cosas más curiosas fue ver como cargan con materiales de tanto volumen y tanto peso en su cabeza, en una bicicleta, con los medios más arcaicos… parece un milagro en equilibrio.

Animales habitando la ciudad, en convivencia total con los humanos: monos, vacas, águilas, perros, gatos, serpientes, cuervos, cotorras, ratas… por todos lados.

Niños mendigando, sucios, algunos todavía ni caminan y comparten una bebida dulce, una especie de soda que sus papás les habrán dado como pago por su trabajo.

Esperaba ver brillo en los ojos de los habitantes de Delhi, el mismo que recordaba de mi antiguo viaje cuatro años antes al sur de India, personas que son felices con poco… pero no lo vi, aunque eran muy amables con los extranjeros, parecían sentirse resignados a trabajar de lo que fuera, sin horarios ni vacaciones, para ganarse la vida.

En Delhi no hay tierra y, por lo tanto, no hay comida. Es una ciudad muy dura para los pobres. Más tarde, al adentrarme en zonas rurales fue distinto.

En Delhi mucha contaminación a todos niveles: por una huelga de basureros, por el intenso y desordenado tráfico de India, con los cláxones sonando a todas horas, por las obras de construcción y el aire caliente…

Visité muchos templos, de diferentes religiones y tendencias espirituales, todos ellos eran un regalo, un espacio de paz en medio del caos de la ciudad.

Los templos estaban abiertos a todas las personas, un lugar de plegaria, de meditación, de devoción, de entrega y servicio desinteresado.

Después de 3 días en Delhi cogí un vuelo interno hacia Dharamsala, al norte de India a tocar del Tíbet, justo donde tiene la residencia oficial el mismísimo Dalai Lama.

Era un avión de hélices con capacidad para 30 personas, que temblaba en cada turbulencia…

Pero llegué sana y salva y me recibieron las preciosas montañas de los Himalayas, el aire fresco, una comida deliciosa en un lugar tranquilo, sin ruido, con una música suave de fondo, internet y estanterías llenas de libros para leer.

En seguida me encontré muy a gusto, pude ubicarme en una bonita habitación con ducha de agua caliente, amplio espacio y preciosas vistas. El lugar perfecto para estudiar y practicar la formación de Ashtanga yoga que empezaría al día siguiente.

La formación duraba 30 días y más o menos nuestra jornada se desarrollaba así:

A las 6 de la mañana, una hora de técnicas de respiración y pranayama para empezar el día sintiendo la energía en todo tu ser.

Después, dos horas de Ashtanga yoga. Al principio me pareció más una gimnasia dura, muy distinta del yoga que yo amo y conozco.

Me obligó a poner en práctica lo que había aprendido en el ashram “no hay que forzar sino acompañar” y “poco pero bien, poco pero constante” todo mejor que mucho un día y mal.

Al cabo de dos semanas de práctica, perseverancia y mucha paciencia, empecé a amar esas sesiones por la liberación tan profunda que ofrecían a mi cuerpo y la vitalidad y energía que sentía gracias al fortalecimiento físico.

Mi maestro de Ashtanga yoga, Vijay Amar, nos cantaba unas canciones durante la relajación, que me hacían recordar como si estuviera en una tribu ancestral, en medio de la naturaleza, como si su voz fuera la del curandero del pueblo dándome su bendición para dar un salto importante en mi vida.

Al terminar las clases de Ashtanga yoga, era mi momento de meditación con el Kriya Yoga, el placer del verdadero silencio. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.

Tenía ganas de bailar, cantar bajo la ducha, saborear los desayunos bajo la luz del sol, con vistas a las montañas…

Tuve unas eminencias de profesores en las clases de teoría.

En anatomia y ayurveda, la Dra. Amrita Shrama; en historia de la India y filosofía del yoga el Dr. N. Ganesh Rao y en meditación y filosofía el maestro Buddhi Prakash.

Todas sus palabras, llenaban y refrescaban mi mente y mi espíritu.

Vijay tenía dos ayudantes Arabind y Shiva Gurú, que se ocupaban de nosotros en las clases de técnica avanzada , donde aprendíamos muy bien cada detalle de las asanas, cada corrección, cada presión, para intensificar más las asanas.

Por la tarde hacíamos clases especiales para llegar a hacer verticales, volteretas hacia adelante y hacia atrás con las manos, apertura de piernas… nos reíamos mucho con las cosas que nos hacía hacer el maestro Vijay.

Acabábamos los días aprendiendo a cantar nuevos mantras en sánscrito, su significado y pronunciación con el maestro Arabind y, después, las meditaciones guiadas con el profesor Buddhy Prakash durante una hora.

En total unas doce horas diarias entre teoría y práctica que te dejaban cansado físicamente, pero con mucha paz y bienestar general.

Descubres que cuando tienes tu energía mental bajo control surge todo tu potencial creativo, te sientes fuerte y capaz de actuar con consciencia, sin esperar nada a cambio. Vives en coherencia y descubres que tu energía no tiene límites.

Aprendes que el tiempo es un regalo y decides vivir en Santosha (dicha y plenitud). Entonces te respetas y te comunicas mejor con los demás ¡y todo parece tan fácil!

Lo mejor, poder compartirlo con mis compañeros de formación que estaban haciendo las mismas prácticas que yo, todos estábamos más cerca de lo que realmente es nuestro ser infinito y cada momento compartido parecía único, lleno de alegría, fuerza, creatividad…

Bailamos bajo la luna llena, compartimos el silencio del bosque, caminamos bajo las estrellas y vimos salir el sol en la cumbre de las montañas. Diez personas con el mismo espíritu.

Agradezco a la exuberante naturaleza de los Himalayas, a las águilas, los cuervos, los templos tibetanos, los bosques llenos de banderas de colores con el Om Mani Padmae Hum….

Agradezco infinitamente a Swamini Danda, mi madre y mi maestra y a Jaume Bhagavan, mi compañero de vida, el padre de mis hijos, que han hecho posible esta maravillosa experiencia.

Y gracias infinitas a ti, que formas este universo, en quien confío mi alma con todo el amor que soy capaz, por hacer que cada segundo de mi vida esté lleno de bendiciones.

Om Namó Bhagavaté Vasudevaya.

Om Shanti Shanti Shanti